Acto de amor-1

Jesús estaba allí, en una cruz, crucificado, siendo la burla de todos, aquel hombre al cual miles habían seguido viendo los milagros y sanidades que realizaba, ahora estaban al pie de una cruz, viéndolo morir, algunos decepcionados, esperando que mostrara el poder que había mostrado durante los años de su ministerio, esperando que bajara de esa cruz y les demostrara a todos su magnífico poder y que era el Hijo de Dios. Sin embargo su misión no era hacer alarde de su divino poder, su misión era servir como sacrificio perfecto para perdón de pecados de toda la humanidad.

Un hombre sin mancha, cuyo único pecado para sus detractores fue ser bueno, fue entregado por uno de los suyos, negado por uno de sus amigos, juzgado de manera injusta, condenado simplemente por ser bueno, azotado, avergonzado delante de las multitudes que lo seguían, escupido, castigado, humillado hasta lo sumo, sin embargo nunca se defendió, entendía que su misión en la tierra era ser ese sacrificio perfecto, esa oveja sin mancha que derramaría sangre para el perdón de los pecados.

Ahora vemos a Jesús en sus últimos momentos, en esa cruz, soportando lo que nunca se mereció, pero sosteniéndose en esa cruz solo por amor a nosotros. Nunca le pedimos que hiciera eso, pero Él considero que tenía que hacerlo sin que se lo pidiéramos, porque quería lo mejor para nosotros. Cómo aquel padre que se sacrifica por el bien de sus hijos.

La Biblia dice: “Al mediodía, la tierra se llenó de oscuridad hasta las tres de la tarde.  Luego, a las tres de la tarde, Jesús clamó con voz fuerte: «Eloi, Eloi, ¿lema sabactani?», que significa «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Algunos que pasaban por allí entendieron mal y pensaron que estaba llamando al profeta Elías. Uno de ellos corrió y empapó una esponja en vino agrio, la puso sobre una caña de junco y la levantó para que él pudiera beber. «¡Esperen! —dijo—. ¡A ver si Elías viene a bajarlo!». Entonces Jesús soltó otro fuerte grito y dio su último suspiro. Y la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El oficial romano que estaba frente a él, al ver cómo había muerto, exclamó: «¡Este hombre era verdaderamente el Hijo de Dios!».” Marcos 15:33-39 Nueva Traducción Viviente (NTV)

Erique Monterroza

¿Qué Opinas?

Comentarios